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Vuelve, loca.

Acabo el año con atasco de emociones en mi garganta. Me tocas y lloro.


En realidad creo que me apetece mucho llorar. Me siento como un animal débil, sin fuerza, al que el año le paso por encima y le dejó indefenso. No puedo decir mucho, camino a mi rollo, deseando que me llenen mil vacíos con amor.


Eso no pasa. No porque no encuentre cariño, sino porque los vacíos son simplemente imposibles de remplazar.


Y vuelve el huracán y desborda por mis ojos. En realidad creo que me sienta bien.


Este peso obstaculiza mi camino, me hace sentir pesada, empujando un cuerpo lleno de pena con un pequeño hueco para la alegría. Y no lloro todo el rato, pero sí que tengo ganas.


Desde fuera no se nota. Sigo sonriendo, haciendo bromas, presto atención a cada persona que tengo a mi alrededor. Me volví consciente de la muerte y al mismo tiempo de la vida. Es agotador, en lo bueno y en lo malo.


Debería de hacer caso a mi madre. <No pienses tanto. Piensas demasiado.>


<De todo se aprende> dice mi positividad.

Yo esto no lo quería aprender. No quiero convertirme en alguien que supera ningún dolor de este tipo. Yo solo quiero volver a sentir esa felicidad interna, que sé que está, pero no consigo despejar.


Vuelve, loca. Te echo de menos.




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